Para salvarme del gran dilema de relacionarse, apareció Violeta, una muchacha muy bonita de unos 26 años, mantenida por los padres.
La muy puta se acercaba sin decir palabra, venía al acecho, poniendo asechanza. Se acercaba como un tigre hambriento. Necesitaba, ella, que se me pusiera roja. Me sentía yo, como un perro en pleno invierno furioso. Cabezón y lastimero. Ya sabía aullar, era casi un perro de verdad.
Cuando llegamos a su casa, se desnudo instantáneamente. Las noches no se recuerdan en estos casos. No se recuerdan las acciones, solo los actos. Sino ¿Como aguantaríamos la cabeza? ¡A fuerza de pulmón nos ponemos más hijoputa con las horas!
Por un momento nos convertimos en niños(Los niños no conocen la ley).Eso nos enamoraba un poco más.
Violeta siempre quería hacerlo sin hablar.
¡Como le gustaba! Sin embargo no me causaba rechazo, lo hacía con tal gracia que por momentos hasta la envidaba. Ella la pasaba mucho mejor, eso era lo más visible de la relación. Se retorcía para todos lados, se manejaba en los felinos, pasaba de tigre a gato sin escala.
Al terminar casi siempre nos quedábamos tiempo indefinido, hasta dormirnos, mirándonos. Me maravillaba ver las gotas de sudor cayendo de pezón a pezón. Esos momentos hay que disfrutarlos, sin ningún tipo de escrúpulo mental. La miraba de pies a cabeza, los cabellos pegados en su frente resaltaban sus ojos de un color rarísimo, siempre me decía el color que era, yo nunca lo recordaba. A ella le gustaba ver como se me hacía más chiquita pasando las horas, quedaba roja, hinchada, un horror. No se como le gustaba tal cosa, eso si me repugnaba por completo. Pero bueno, era mi cuerpo, muchas cosas no me gustaban de él, para eso la tenía a ella que adoptaba posiciones para que no deje de mirarla.
A la mañana nos despertábamos con el sol en la cara, parecía que habíamos dormido a la intemperie.¡Ni una sola cortina! A ella le fascinaba eso, yo por mi parte hubiese escondido el sol por una o dos horas más. Me levantaba de la cama, ni un poco de intimidad, éramos uno, ni puerta en el baño.
Al terminar de lavarme la cara, seguía teniendo muy mala pinta.
“En una palabra, mientras estas en la guerra, dices que será mejor la paz y después te tragas la esperanza, como si fuera un caramelo, y luego resulta que es mierda pura” Habría leído más adelante. Era justo lo que sentía, salvando las diferencias.
Ella era muy astuta, no se dejaba engañar, sabía que íbamos a estar yendo y viniendo toda la vida.
“No importa que pase en el medio, nos vamos a casar de viejos.” Me decía.
Yo le contaba de mis planes, a veces con palabras otras con acciones, sin dejar de ser cariñoso. Ella muy perceptiva, como siempre, no se dejaba llevar por la suavidad.
Notaba que la amaba pero que por alguna cuestión debía irme.
“Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada mas que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.”
Sin saber muy bien porque, nos separamos.
Y obviamente que si no hubiese sido por mí, no dudo ni un segundo, ella hubiese estado siempre conmigo. Necesité una frialdad despiadada y un carácter chungo y frío para hacerlo, pero aún hoy defiendo un poco mi alma.
“Ella me regaló tanto cariño que si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros”.
Gracias Violeta.
sábado 3 de octubre de 2009
domingo 20 de septiembre de 2009
DON ERNESTO
“Yo si puedo cachondear con el porvenir, yo puedo hacerlo, tú no…”
Así, furioso y descreído de todo me hablaba Don Ernesto, un borrachín de unos sesenta y pico de años que se paseaba sin destino junto a las vías de calle Francia, en Rosario. Don Ernesto, según decía, solía caminar siempre por allí, le hacía recordar a su padre y a los años dorados del ferrocarril argentino. Me contaba eufórico que había participado junto a su progenitor de una recordada huelga ferroviaria de 42 días en los 60` contra Frondizi y el Plan Larkin, que igual no había servido para nada, que igual su padre, ferroviario durante toda su vida al igual que él, no había visto el resurgimiento de “Ferrocarriles Argentinos”, había muerto y él, con tan poca suerte desde ese momento, había sido despedido tras emborracharse al trabajar en varias oportunidades. ¡Que buena carga de gin traía aquel cabrón en la sangre!, se le notaba en las venas que de alguna manera se les escapaban de la piel. Me contaba de la gran fatiga de la existencia y del hecho de fracasar-triunfar y ser un Don Nadie. A mí parecía un tipo brillante y al mismo tiempo un pasatiempo increíble mientras algún taxi llegaba a mí.
Juntos desde las vías del tren miramos hacía el río, tapado hoy por una suerte de “modernidad arquitectónica.” Al quía no le gustaba nada esto. Se quejaba muchísimo.
Rezongaba, que querían robarnos el río, a nosotros, la plebe.
“Muchacho, ¿no entiendes lo que pasa aquí? Quieren robarnos hasta el condenado sol, quieren dejar todas las bellezas de este mundo a cargo de burgueses sin corazón.”
Y luego me daba la espalda y llevaba a cabo flor de monólogo.
“Los jóvenes tienen tanta prisa siempre por ir a hacer el amor…para divertirse, que en materia de sensaciones no se lo piensan dos veces -y susurraba a nadie- habría que saber por qué se empeña uno en no curar la soledad…”
Volvía a mirarme y me preguntaba.
“¿No es como vivir en un mediodía eterno? Por eso me gusta tanto la noche y la disfruto como…”
No terminaba las ideas, me costaba mucho saber a donde quería llegar. Típica charla de borrachos. Básicamente pensaba que los jóvenes solo pensábamos en follar, que no veíamos como el mundo se caía a pedazos, como se contaminaba todo, como se llenaba de mierda. Y luego se contradecía.
“Mejor que nos tapen todo. ¿ Qué queremos ver? ¿Mierda liquida? –se lamentaba llorisqueando- Río marrón, completamente sucio. La diarrea de Dios. El tirano siente hastío de la obra que representa mucho antes que los espectadores…nosotros, seres tan innobles.”
Seguía sin comprender bien a donde quería llegar, lo que me gustaba era como lo decía. No sabía bien lo que salía de su bocota pero me enamoraba esa forma poética de referirse a la mierda y al fracaso, me hacía acordar a gente que había leído.
Me hizo entender de alguna manera que la noción de progresismo estaba en crisis, yo de alguna otra ya lo sabía. Hemos heredado esa evolución contradictoria, decía una y otra vez. Y volvía a caer en el ejemplo de los grandes edificios que sobresalían al cruzar el parque y la vía, Nombraba a Le Courbusier, gritaba “Wright” y se le escapaban comparaciones con una lejana “casa buque”.
Era obvio que Don Ernesto detestaba la mayoría de las cosas que estaban en la tierra, que no sabía que hacía aquí, no sabía porque se empeñaba en seguir vivo. Yo le pregunté y él me contestó.
No me quedé seguro, ni siquiera entendí del todo la respuesta, pero al alejarme en taxi, me di vuelta y lo encontré a él, también alejándose. Estaba parado en el mismo lugar donde lo encontré, entre un alambrado destrozado y las vías del tren, unos pantalones de vestir color crema que talvez nunca se cambió, un pulóver apolillado, una camisa desteñida que apenas se asomaba y una boina que casi siempre llevaba en la mano.
(Ahí me di cuenta que lo único que sabía era que Don Ernesto no era un Don Nadie, sino que era Don Ernesto y no paré de sonreír hasta llegar a casa y escribir el principio del encuentro.)
Así, furioso y descreído de todo me hablaba Don Ernesto, un borrachín de unos sesenta y pico de años que se paseaba sin destino junto a las vías de calle Francia, en Rosario. Don Ernesto, según decía, solía caminar siempre por allí, le hacía recordar a su padre y a los años dorados del ferrocarril argentino. Me contaba eufórico que había participado junto a su progenitor de una recordada huelga ferroviaria de 42 días en los 60` contra Frondizi y el Plan Larkin, que igual no había servido para nada, que igual su padre, ferroviario durante toda su vida al igual que él, no había visto el resurgimiento de “Ferrocarriles Argentinos”, había muerto y él, con tan poca suerte desde ese momento, había sido despedido tras emborracharse al trabajar en varias oportunidades. ¡Que buena carga de gin traía aquel cabrón en la sangre!, se le notaba en las venas que de alguna manera se les escapaban de la piel. Me contaba de la gran fatiga de la existencia y del hecho de fracasar-triunfar y ser un Don Nadie. A mí parecía un tipo brillante y al mismo tiempo un pasatiempo increíble mientras algún taxi llegaba a mí.
Juntos desde las vías del tren miramos hacía el río, tapado hoy por una suerte de “modernidad arquitectónica.” Al quía no le gustaba nada esto. Se quejaba muchísimo.
Rezongaba, que querían robarnos el río, a nosotros, la plebe.
“Muchacho, ¿no entiendes lo que pasa aquí? Quieren robarnos hasta el condenado sol, quieren dejar todas las bellezas de este mundo a cargo de burgueses sin corazón.”
Y luego me daba la espalda y llevaba a cabo flor de monólogo.
“Los jóvenes tienen tanta prisa siempre por ir a hacer el amor…para divertirse, que en materia de sensaciones no se lo piensan dos veces -y susurraba a nadie- habría que saber por qué se empeña uno en no curar la soledad…”
Volvía a mirarme y me preguntaba.
“¿No es como vivir en un mediodía eterno? Por eso me gusta tanto la noche y la disfruto como…”
No terminaba las ideas, me costaba mucho saber a donde quería llegar. Típica charla de borrachos. Básicamente pensaba que los jóvenes solo pensábamos en follar, que no veíamos como el mundo se caía a pedazos, como se contaminaba todo, como se llenaba de mierda. Y luego se contradecía.
“Mejor que nos tapen todo. ¿ Qué queremos ver? ¿Mierda liquida? –se lamentaba llorisqueando- Río marrón, completamente sucio. La diarrea de Dios. El tirano siente hastío de la obra que representa mucho antes que los espectadores…nosotros, seres tan innobles.”
Seguía sin comprender bien a donde quería llegar, lo que me gustaba era como lo decía. No sabía bien lo que salía de su bocota pero me enamoraba esa forma poética de referirse a la mierda y al fracaso, me hacía acordar a gente que había leído.
Me hizo entender de alguna manera que la noción de progresismo estaba en crisis, yo de alguna otra ya lo sabía. Hemos heredado esa evolución contradictoria, decía una y otra vez. Y volvía a caer en el ejemplo de los grandes edificios que sobresalían al cruzar el parque y la vía, Nombraba a Le Courbusier, gritaba “Wright” y se le escapaban comparaciones con una lejana “casa buque”.
Era obvio que Don Ernesto detestaba la mayoría de las cosas que estaban en la tierra, que no sabía que hacía aquí, no sabía porque se empeñaba en seguir vivo. Yo le pregunté y él me contestó.
No me quedé seguro, ni siquiera entendí del todo la respuesta, pero al alejarme en taxi, me di vuelta y lo encontré a él, también alejándose. Estaba parado en el mismo lugar donde lo encontré, entre un alambrado destrozado y las vías del tren, unos pantalones de vestir color crema que talvez nunca se cambió, un pulóver apolillado, una camisa desteñida que apenas se asomaba y una boina que casi siempre llevaba en la mano.
(Ahí me di cuenta que lo único que sabía era que Don Ernesto no era un Don Nadie, sino que era Don Ernesto y no paré de sonreír hasta llegar a casa y escribir el principio del encuentro.)
domingo 30 de agosto de 2009
viaje al principio del día
Turismo rural, de aquellos de Melincué, le robamos a Goncourt las palabras de la boca. “Tocaté un tango lerdo y triste…que quiero llorar” decía el abuelo Roberto casi recitando, caminaba de un lado para otro después de cenar y se perdía en el terciopelo azul que cubría la casa. Volvía melancólico, se iba a ver los animales que compartían junto a él el rocío reconfortante de medianoche, le mojaba la cara, le gustaba pensar que eran lagrimas y más lagrimas de sus antepasados, se empapaba de dolor y alegría decía él muy orgulloso de su hallazgo , todos sabíamos que era solo agua, pero lo dejábamos seguir, era lindo escucharlo hablar borracho, tenía cierto valor de cangrejo en esos momento. Se convertía en un gran anecdotista y a la mañana siguiente volvía ser normal, pero sus ojos seguían como siempre, llorosos.
Yo me levantaba a las nueve de la mañana casi siempre, diez años tenía aproximadamente, recuerdo que corría a dorarme la piel apenas abría los ojos, primero me fijaba que por la ventana se filtraba luz y luego corría a la puerta, a esa hora obviamente el campo estaba en plena actividad, mis tíos no paraban de trabajar. Era muy lindo ver todo eso en funcionamiento, en buen estado, pero yo realmente no valoraba toda ese olimpo a mi alrededor, es que la belleza es como el alcohol, cuando uno se acostumbra deja de prestarle demasiada atención.
Me acuerdo que me perdía entre los chanchos. Con precaución de asesinato los bordeaba, pisaba su mierda y los veía comer. Mi abuela y mi madre, siempre tan atentas, se alteraban un poco al no encontrarme para almorzar, trance de tontería sufrían aquellas mujeres, era difícil sacarlas de ahí. Recuerdo que gritaban mi nombre por todo las hectáreas de césped que poseíamos y yo como un mini Celine, me alejaba de todo. Tenía un problema, quería todo el tiempo conocer nuevos lugares, obviamente en ese momento necesitaba encontrar un bosque o simplemente una vaca media distinta a las demás para cumplir mi cometido, luego con el tiempo eso fue cambiando y tuve y tengo que buscar mucho más para conformarme.
Me acuerdo que almorzábamos en una cocina que tenía mucho olor a campo, no me preguntes como era, pero lo recuerdo como una mezcla, de huevo, gallinas, queso, vino tinto, polvo que levantaba la camioneta de mi tío y talvez a mora también, había un árbol sobre la casa y yo creo, ayudaba al aroma. Siempre se charlaba en tonos muy altos, los gringos suelen gritar todo el tiempo sin estar enfadados, de hecho cuando se enfadan ni hablan, raro mecanismo de defensa, yo no lo entendía, igual lo respetaba. El hecho era que yo no lograba entender nada en la conversación, las voces se sobreponían y hasta muchas veces había más de 3 conversaciones en la misma mesa, lo acogedor y confortante de esto era el sonido de la voz de cada uno y hasta de todos al unísono, cada uno tenía un tono muy personal y cariñoso. Las ideas también se tomaban vacaciones en la mesa, pero eso le daba un tono atontado a la conversación que me daba mucha gracia, pues el vino también afectaba el mediodía.
Yo me levantaba a las nueve de la mañana casi siempre, diez años tenía aproximadamente, recuerdo que corría a dorarme la piel apenas abría los ojos, primero me fijaba que por la ventana se filtraba luz y luego corría a la puerta, a esa hora obviamente el campo estaba en plena actividad, mis tíos no paraban de trabajar. Era muy lindo ver todo eso en funcionamiento, en buen estado, pero yo realmente no valoraba toda ese olimpo a mi alrededor, es que la belleza es como el alcohol, cuando uno se acostumbra deja de prestarle demasiada atención.
Me acuerdo que me perdía entre los chanchos. Con precaución de asesinato los bordeaba, pisaba su mierda y los veía comer. Mi abuela y mi madre, siempre tan atentas, se alteraban un poco al no encontrarme para almorzar, trance de tontería sufrían aquellas mujeres, era difícil sacarlas de ahí. Recuerdo que gritaban mi nombre por todo las hectáreas de césped que poseíamos y yo como un mini Celine, me alejaba de todo. Tenía un problema, quería todo el tiempo conocer nuevos lugares, obviamente en ese momento necesitaba encontrar un bosque o simplemente una vaca media distinta a las demás para cumplir mi cometido, luego con el tiempo eso fue cambiando y tuve y tengo que buscar mucho más para conformarme.
Me acuerdo que almorzábamos en una cocina que tenía mucho olor a campo, no me preguntes como era, pero lo recuerdo como una mezcla, de huevo, gallinas, queso, vino tinto, polvo que levantaba la camioneta de mi tío y talvez a mora también, había un árbol sobre la casa y yo creo, ayudaba al aroma. Siempre se charlaba en tonos muy altos, los gringos suelen gritar todo el tiempo sin estar enfadados, de hecho cuando se enfadan ni hablan, raro mecanismo de defensa, yo no lo entendía, igual lo respetaba. El hecho era que yo no lograba entender nada en la conversación, las voces se sobreponían y hasta muchas veces había más de 3 conversaciones en la misma mesa, lo acogedor y confortante de esto era el sonido de la voz de cada uno y hasta de todos al unísono, cada uno tenía un tono muy personal y cariñoso. Las ideas también se tomaban vacaciones en la mesa, pero eso le daba un tono atontado a la conversación que me daba mucha gracia, pues el vino también afectaba el mediodía.
viernes 14 de agosto de 2009
DILUVIO CRÓNICO
Volvía con los cabellos envueltos en grasa,
remitiéndome hacía la persona social.
Una suerte de esperma veloz
y un desanimado corazón empedernido.
Conque sabiendo mis atributos
me reincorporé al montón de opiniones premeditando
otra salida, otro escape furtivo,
otro simulacro cobarde.
Volver a casa, filosofar,
que de una u otra manera
es tener el mayor de todos los miedos .
Para ellos el diluvio que me abominaba
era la seguridad, seguridad duradera.
Diluvio en suspenso,
sistema abominable de coacciones
en forma de ladrillos, pasillos
y hasta una manada feroz de personas.
No hay salida ni escape furtivo,
no hay simulacro cobarde
ni carrusel.
remitiéndome hacía la persona social.
Una suerte de esperma veloz
y un desanimado corazón empedernido.
Conque sabiendo mis atributos
me reincorporé al montón de opiniones premeditando
otra salida, otro escape furtivo,
otro simulacro cobarde.
Volver a casa, filosofar,
que de una u otra manera
es tener el mayor de todos los miedos .
Para ellos el diluvio que me abominaba
era la seguridad, seguridad duradera.
Diluvio en suspenso,
sistema abominable de coacciones
en forma de ladrillos, pasillos
y hasta una manada feroz de personas.
No hay salida ni escape furtivo,
no hay simulacro cobarde
ni carrusel.
LA ÚLTIMA RAZÓN PARA SEGUIR AMANDO
El final de las cosas que nunca conoceremos,
el final de todas las calles del mundo,
el final o el principio de una ciudad,
el final o el principio del amor,
el final de todos los libros,
el final de discos interminables,
el final de todas las canciones,
el final de obras de artes,
la última sílaba de todas las palabras,
la última silaba que canta cada persona,
la última razón para seguir amando,
la última forma de salvar al mundo,
el último día de la vida de alguien,
el holocausto del planeta,
el holocausto de nuestros nietos,
los pedazos de cielo que le robamos
e innumerables cosas que no sabremos jamás.
el final de todas las calles del mundo,
el final o el principio de una ciudad,
el final o el principio del amor,
el final de todos los libros,
el final de discos interminables,
el final de todas las canciones,
el final de obras de artes,
la última sílaba de todas las palabras,
la última silaba que canta cada persona,
la última razón para seguir amando,
la última forma de salvar al mundo,
el último día de la vida de alguien,
el holocausto del planeta,
el holocausto de nuestros nietos,
los pedazos de cielo que le robamos
e innumerables cosas que no sabremos jamás.
domingo 2 de agosto de 2009
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