lunes, 30 de noviembre de 2009
los últimos textos
Los últimos textos son viejos, es que no puedo sentarme a escribir. Estoy todo el tiempo pensando en vos y ya no sé si eso me gusta o no. Así de Confuso y simple.
Por la ventana el día se asomaba gris, la casa se convertía. Ella desistió de llorar para hacerse cargo de sus torpezas, “perdón” le gritaba una y otra vez, estaba arrepentida del tiempo que le había hecho perder, según decía. Él cansado de escucharla, entre palabras vacías, la agarró por la espalda se la apoyó bien fuerte y en el oído le dijo algo que ella hasta el día de hoy no logra discernir pero que igual la calentó, se mojó al instante, él le levantó la pollera y con el torso en la mesa, ella gritaba mirándose al espejo inmenso que había en la pared, él con los pantalones hasta la rodilla no paraba de meterla y sacarla con fuerza sintiendo como cada vez le costaba menos. Del edificio de enfrente un vecino miraba un poco el gran desempeño del varón, es que los gritos llamaban la atención habría declarado en una mesa de amigos más adelante.
Caminás pegándote al piso, te acabás de levantar. De un momento a otro te llenas de mierda, te llenas de hijos de puta, te dás cuenta que la oportunidad no es para todos, te vas desarmando antes de llegar al living, se te van cayendo las partes obsoletas que usabas de cuerpo, se te van cayendo, se te cae todo. Te arrastras por el piso de madera que ya perdió el brillo, te acercás cada vez más, te duele, no tenés forma de llegar y una vez que llegaste no tenés la más puta idea de porque estas ahí.
sábado, 3 de octubre de 2009
VIOLETA
Para salvarme del gran dilema de relacionarse, apareció Violeta, una muchacha muy bonita de unos 26 años, mantenida por los padres.
La muy puta se acercaba sin decir palabra, venía al acecho, poniendo asechanza. Se acercaba como un tigre hambriento. Necesitaba, ella, que se me pusiera roja. Me sentía yo, como un perro en pleno invierno furioso. Cabezón y lastimero. Ya sabía aullar, era casi un perro de verdad.
Cuando llegamos a su casa, se desnudo instantáneamente. Las noches no se recuerdan en estos casos. No se recuerdan las acciones, solo los actos. Sino ¿Como aguantaríamos la cabeza? ¡A fuerza de pulmón nos ponemos más hijoputa con las horas!
Por un momento nos convertimos en niños(Los niños no conocen la ley).Eso nos enamoraba un poco más.
Violeta siempre quería hacerlo sin hablar.
¡Como le gustaba! Sin embargo no me causaba rechazo, lo hacía con tal gracia que por momentos hasta la envidaba. Ella la pasaba mucho mejor, eso era lo más visible de la relación. Se retorcía para todos lados, se manejaba en los felinos, pasaba de tigre a gato sin escala.
Al terminar casi siempre nos quedábamos tiempo indefinido, hasta dormirnos, mirándonos. Me maravillaba ver las gotas de sudor cayendo de pezón a pezón. Esos momentos hay que disfrutarlos, sin ningún tipo de escrúpulo mental. La miraba de pies a cabeza, los cabellos pegados en su frente resaltaban sus ojos de un color rarísimo, siempre me decía el color que era, yo nunca lo recordaba. A ella le gustaba ver como se me hacía más chiquita pasando las horas, quedaba roja, hinchada, un horror. No se como le gustaba tal cosa, eso si me repugnaba por completo. Pero bueno, era mi cuerpo, muchas cosas no me gustaban de él, para eso la tenía a ella que adoptaba posiciones para que no deje de mirarla.
A la mañana nos despertábamos con el sol en la cara, parecía que habíamos dormido a la intemperie.¡Ni una sola cortina! A ella le fascinaba eso, yo por mi parte hubiese escondido el sol por una o dos horas más. Me levantaba de la cama, ni un poco de intimidad, éramos uno, ni puerta en el baño.
Al terminar de lavarme la cara, seguía teniendo muy mala pinta.
“En una palabra, mientras estas en la guerra, dices que será mejor la paz y después te tragas la esperanza, como si fuera un caramelo, y luego resulta que es mierda pura” Habría leído más adelante. Era justo lo que sentía, salvando las diferencias.
Ella era muy astuta, no se dejaba engañar, sabía que íbamos a estar yendo y viniendo toda la vida.
“No importa que pase en el medio, nos vamos a casar de viejos.” Me decía.
Yo le contaba de mis planes, a veces con palabras otras con acciones, sin dejar de ser cariñoso. Ella muy perceptiva, como siempre, no se dejaba llevar por la suavidad.
Notaba que la amaba pero que por alguna cuestión debía irme.
“Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada mas que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.”
Sin saber muy bien porque, nos separamos.
Y obviamente que si no hubiese sido por mí, no dudo ni un segundo, ella hubiese estado siempre conmigo. Necesité una frialdad despiadada y un carácter chungo y frío para hacerlo, pero aún hoy defiendo un poco mi alma.
“Ella me regaló tanto cariño que si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros”.
Gracias Violeta.
La muy puta se acercaba sin decir palabra, venía al acecho, poniendo asechanza. Se acercaba como un tigre hambriento. Necesitaba, ella, que se me pusiera roja. Me sentía yo, como un perro en pleno invierno furioso. Cabezón y lastimero. Ya sabía aullar, era casi un perro de verdad.
Cuando llegamos a su casa, se desnudo instantáneamente. Las noches no se recuerdan en estos casos. No se recuerdan las acciones, solo los actos. Sino ¿Como aguantaríamos la cabeza? ¡A fuerza de pulmón nos ponemos más hijoputa con las horas!
Por un momento nos convertimos en niños(Los niños no conocen la ley).Eso nos enamoraba un poco más.
Violeta siempre quería hacerlo sin hablar.
¡Como le gustaba! Sin embargo no me causaba rechazo, lo hacía con tal gracia que por momentos hasta la envidaba. Ella la pasaba mucho mejor, eso era lo más visible de la relación. Se retorcía para todos lados, se manejaba en los felinos, pasaba de tigre a gato sin escala.
Al terminar casi siempre nos quedábamos tiempo indefinido, hasta dormirnos, mirándonos. Me maravillaba ver las gotas de sudor cayendo de pezón a pezón. Esos momentos hay que disfrutarlos, sin ningún tipo de escrúpulo mental. La miraba de pies a cabeza, los cabellos pegados en su frente resaltaban sus ojos de un color rarísimo, siempre me decía el color que era, yo nunca lo recordaba. A ella le gustaba ver como se me hacía más chiquita pasando las horas, quedaba roja, hinchada, un horror. No se como le gustaba tal cosa, eso si me repugnaba por completo. Pero bueno, era mi cuerpo, muchas cosas no me gustaban de él, para eso la tenía a ella que adoptaba posiciones para que no deje de mirarla.
A la mañana nos despertábamos con el sol en la cara, parecía que habíamos dormido a la intemperie.¡Ni una sola cortina! A ella le fascinaba eso, yo por mi parte hubiese escondido el sol por una o dos horas más. Me levantaba de la cama, ni un poco de intimidad, éramos uno, ni puerta en el baño.
Al terminar de lavarme la cara, seguía teniendo muy mala pinta.
“En una palabra, mientras estas en la guerra, dices que será mejor la paz y después te tragas la esperanza, como si fuera un caramelo, y luego resulta que es mierda pura” Habría leído más adelante. Era justo lo que sentía, salvando las diferencias.
Ella era muy astuta, no se dejaba engañar, sabía que íbamos a estar yendo y viniendo toda la vida.
“No importa que pase en el medio, nos vamos a casar de viejos.” Me decía.
Yo le contaba de mis planes, a veces con palabras otras con acciones, sin dejar de ser cariñoso. Ella muy perceptiva, como siempre, no se dejaba llevar por la suavidad.
Notaba que la amaba pero que por alguna cuestión debía irme.
“Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada mas que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.”
Sin saber muy bien porque, nos separamos.
Y obviamente que si no hubiese sido por mí, no dudo ni un segundo, ella hubiese estado siempre conmigo. Necesité una frialdad despiadada y un carácter chungo y frío para hacerlo, pero aún hoy defiendo un poco mi alma.
“Ella me regaló tanto cariño que si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros”.
Gracias Violeta.
domingo, 20 de septiembre de 2009
DON ERNESTO
“Yo si puedo cachondear con el porvenir, yo puedo hacerlo, tú no…”
Así, furioso y descreído de todo me hablaba Don Ernesto, un borrachín de unos sesenta y pico de años que se paseaba sin destino junto a las vías de calle Francia, en Rosario. Don Ernesto, según decía, solía caminar siempre por allí, le hacía recordar a su padre y a los años dorados del ferrocarril argentino. Me contaba eufórico que había participado junto a su progenitor de una recordada huelga ferroviaria de 42 días en los 60` contra Frondizi y el Plan Larkin, que igual no había servido para nada, que igual su padre, ferroviario durante toda su vida al igual que él, no había visto el resurgimiento de “Ferrocarriles Argentinos”, había muerto y él, con tan poca suerte desde ese momento, había sido despedido tras emborracharse al trabajar en varias oportunidades. ¡Que buena carga de gin traía aquel cabrón en la sangre!, se le notaba en las venas que de alguna manera se les escapaban de la piel. Me contaba de la gran fatiga de la existencia y del hecho de fracasar-triunfar y ser un Don Nadie. A mí parecía un tipo brillante y al mismo tiempo un pasatiempo increíble mientras algún taxi llegaba a mí.
Juntos desde las vías del tren miramos hacía el río, tapado hoy por una suerte de “modernidad arquitectónica.” Al quía no le gustaba nada esto. Se quejaba muchísimo.
Rezongaba, que querían robarnos el río, a nosotros, la plebe.
“Muchacho, ¿no entiendes lo que pasa aquí? Quieren robarnos hasta el condenado sol, quieren dejar todas las bellezas de este mundo a cargo de burgueses sin corazón.”
Y luego me daba la espalda y llevaba a cabo flor de monólogo.
“Los jóvenes tienen tanta prisa siempre por ir a hacer el amor…para divertirse, que en materia de sensaciones no se lo piensan dos veces -y susurraba a nadie- habría que saber por qué se empeña uno en no curar la soledad…”
Volvía a mirarme y me preguntaba.
“¿No es como vivir en un mediodía eterno? Por eso me gusta tanto la noche y la disfruto como…”
No terminaba las ideas, me costaba mucho saber a donde quería llegar. Típica charla de borrachos. Básicamente pensaba que los jóvenes solo pensábamos en follar, que no veíamos como el mundo se caía a pedazos, como se contaminaba todo, como se llenaba de mierda. Y luego se contradecía.
“Mejor que nos tapen todo. ¿ Qué queremos ver? ¿Mierda liquida? –se lamentaba llorisqueando- Río marrón, completamente sucio. La diarrea de Dios. El tirano siente hastío de la obra que representa mucho antes que los espectadores…nosotros, seres tan innobles.”
Seguía sin comprender bien a donde quería llegar, lo que me gustaba era como lo decía. No sabía bien lo que salía de su bocota pero me enamoraba esa forma poética de referirse a la mierda y al fracaso, me hacía acordar a gente que había leído.
Me hizo entender de alguna manera que la noción de progresismo estaba en crisis, yo de alguna otra ya lo sabía. Hemos heredado esa evolución contradictoria, decía una y otra vez. Y volvía a caer en el ejemplo de los grandes edificios que sobresalían al cruzar el parque y la vía, Nombraba a Le Courbusier, gritaba “Wright” y se le escapaban comparaciones con una lejana “casa buque”.
Era obvio que Don Ernesto detestaba la mayoría de las cosas que estaban en la tierra, que no sabía que hacía aquí, no sabía porque se empeñaba en seguir vivo. Yo le pregunté y él me contestó.
No me quedé seguro, ni siquiera entendí del todo la respuesta, pero al alejarme en taxi, me di vuelta y lo encontré a él, también alejándose. Estaba parado en el mismo lugar donde lo encontré, entre un alambrado destrozado y las vías del tren, unos pantalones de vestir color crema que talvez nunca se cambió, un pulóver apolillado, una camisa desteñida que apenas se asomaba y una boina que casi siempre llevaba en la mano.
(Ahí me di cuenta que lo único que sabía era que Don Ernesto no era un Don Nadie, sino que era Don Ernesto y no paré de sonreír hasta llegar a casa y escribir el principio del encuentro.)
Así, furioso y descreído de todo me hablaba Don Ernesto, un borrachín de unos sesenta y pico de años que se paseaba sin destino junto a las vías de calle Francia, en Rosario. Don Ernesto, según decía, solía caminar siempre por allí, le hacía recordar a su padre y a los años dorados del ferrocarril argentino. Me contaba eufórico que había participado junto a su progenitor de una recordada huelga ferroviaria de 42 días en los 60` contra Frondizi y el Plan Larkin, que igual no había servido para nada, que igual su padre, ferroviario durante toda su vida al igual que él, no había visto el resurgimiento de “Ferrocarriles Argentinos”, había muerto y él, con tan poca suerte desde ese momento, había sido despedido tras emborracharse al trabajar en varias oportunidades. ¡Que buena carga de gin traía aquel cabrón en la sangre!, se le notaba en las venas que de alguna manera se les escapaban de la piel. Me contaba de la gran fatiga de la existencia y del hecho de fracasar-triunfar y ser un Don Nadie. A mí parecía un tipo brillante y al mismo tiempo un pasatiempo increíble mientras algún taxi llegaba a mí.
Juntos desde las vías del tren miramos hacía el río, tapado hoy por una suerte de “modernidad arquitectónica.” Al quía no le gustaba nada esto. Se quejaba muchísimo.
Rezongaba, que querían robarnos el río, a nosotros, la plebe.
“Muchacho, ¿no entiendes lo que pasa aquí? Quieren robarnos hasta el condenado sol, quieren dejar todas las bellezas de este mundo a cargo de burgueses sin corazón.”
Y luego me daba la espalda y llevaba a cabo flor de monólogo.
“Los jóvenes tienen tanta prisa siempre por ir a hacer el amor…para divertirse, que en materia de sensaciones no se lo piensan dos veces -y susurraba a nadie- habría que saber por qué se empeña uno en no curar la soledad…”
Volvía a mirarme y me preguntaba.
“¿No es como vivir en un mediodía eterno? Por eso me gusta tanto la noche y la disfruto como…”
No terminaba las ideas, me costaba mucho saber a donde quería llegar. Típica charla de borrachos. Básicamente pensaba que los jóvenes solo pensábamos en follar, que no veíamos como el mundo se caía a pedazos, como se contaminaba todo, como se llenaba de mierda. Y luego se contradecía.
“Mejor que nos tapen todo. ¿ Qué queremos ver? ¿Mierda liquida? –se lamentaba llorisqueando- Río marrón, completamente sucio. La diarrea de Dios. El tirano siente hastío de la obra que representa mucho antes que los espectadores…nosotros, seres tan innobles.”
Seguía sin comprender bien a donde quería llegar, lo que me gustaba era como lo decía. No sabía bien lo que salía de su bocota pero me enamoraba esa forma poética de referirse a la mierda y al fracaso, me hacía acordar a gente que había leído.
Me hizo entender de alguna manera que la noción de progresismo estaba en crisis, yo de alguna otra ya lo sabía. Hemos heredado esa evolución contradictoria, decía una y otra vez. Y volvía a caer en el ejemplo de los grandes edificios que sobresalían al cruzar el parque y la vía, Nombraba a Le Courbusier, gritaba “Wright” y se le escapaban comparaciones con una lejana “casa buque”.
Era obvio que Don Ernesto detestaba la mayoría de las cosas que estaban en la tierra, que no sabía que hacía aquí, no sabía porque se empeñaba en seguir vivo. Yo le pregunté y él me contestó.
No me quedé seguro, ni siquiera entendí del todo la respuesta, pero al alejarme en taxi, me di vuelta y lo encontré a él, también alejándose. Estaba parado en el mismo lugar donde lo encontré, entre un alambrado destrozado y las vías del tren, unos pantalones de vestir color crema que talvez nunca se cambió, un pulóver apolillado, una camisa desteñida que apenas se asomaba y una boina que casi siempre llevaba en la mano.
(Ahí me di cuenta que lo único que sabía era que Don Ernesto no era un Don Nadie, sino que era Don Ernesto y no paré de sonreír hasta llegar a casa y escribir el principio del encuentro.)
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